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Alicia Sisteró

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Café en vacaciones: rituales que cambian según el lugar

Por Alicia Sisteró

En vacaciones, el café deja de ser automático y se adapta al lugar, al clima y al ritmo del viaje. Cambia la forma, la temperatura y hasta el momento del día. ¿Qué cafés funcionan mejor en verano y por qué? Un recorrido entre rituales, destinos y nuevas maneras de disfrutarlo.

Cada vez que viajo me pasa lo mismo: el café cambia antes que yo. No porque deje de tomarlo —eso no ocurre nunca— sino porque el vínculo se transforma. En vacaciones, el café deja de ser rutina y se vuelve puro disfrute conciente. Se acomoda al clima, al horario laxo, al cuerpo que ya no corre detrás de la agenda. Y entonces aparecen otras formas, otros tiempos, otras tazas.

En casa soy bastante predecible. Mis rituales existen, me ordenan, me contienen. Pero cuando viajo, todo eso se desarma. Y ahí es donde el café se vuelve interesante. Porque empieza a hablar del lugar, no de mí.

Lo dicen los manuales de barismo y lo confirma cualquiera que haya salido de su cocina más de una semana: el café no se percibe igual fuera de casa. No solo por el grano o el método, sino por el contexto completo. El entorno modifica la experiencia. La luz, el calor, el ruido, el humor. Incluso el cuerpo pide otra cosa. ¿Pero qué mejor que la variedad de estímulos y sabores?

En vacaciones, especialmente en verano, el café suele correrse del desayuno rígido y aparecer más tarde. A media mañana, después de la playa, a la tarde. Y muchas veces deja de ser caliente. No por moda, sino por lógica. El cuerpo no quiere calor. Quiere frescura, ligereza, algo que acompañe sin saturar.

Ahí entran en juego formas de café que durante el año quizás no usamos tanto. El cold brew, por ejemplo, que se prepara en frío y se extrae lentamente durante horas, se vuelve un gran aliado. Menos ácido, más amable, fácil de tomar incluso para quienes dicen que el café “les cae pesado”. No es magia: es química y temperatura.

También aparece el café con hielo, el iced coffee bien hecho, concentrado, pensado para no diluirse. Y versiones más lúdicas, como el espresso tonic, que mezcla amargor y burbuja, o el affogato, donde el café deja de ser bebida y pasa a ser postre. En vacaciones, el café se permite jugar un poquito más, y permitirnos algunos formatos más atípicos, como en licuados, postres y cócteles.

Viajar por Europa, especialmente por Italia, es entender que el espresso no se negocia. Hace calor, sí. Pero el espresso sigue ahí: corto, intenso, rápido. A lo sumo se adapta en formato, aparece shakerato (agitado), granizado, servido con hielo. Pero la esencia permanece. El café no pide permiso; se integra.

Y ahí uno entiende por qué ciertas casas históricas del café, como Lavazza, construyeron su identidad alrededor del equilibrio. Blends pensados para funcionar siempre, tanto calientes como fríos, en bares, hoteles, aeropuertos. En viaje, esa consistencia es un valor. No buscás sorprenderte a las siete de la mañana antes de un tren; buscás que esté bien.

En Latinoamérica, en cambio, el café suele tomarse más lento. Incluso con calor. Hay charla, hay sobremesa, hay pausa. El café aparece como excusa para quedarse un rato más. En vacaciones, esa dimensión social se amplifica. No importa tanto el método como el momento. Un café filtrado frío en una terraza puede ser más memorable que el espresso técnicamente perfecto tomado apurado.

Y después están los cafés de tránsito. Aeropuertos, estaciones, rutas. Lugares donde nadie quiere quedarse, pero todos necesitan algo que ordene el caos. Ahí el café cumple una función casi emocional. No siempre es extraordinario, pero sí necesario. Por eso funcionan bien los formatos prácticos, consistentes, sin sorpresas. En movimiento, el café no tiene que brillar: tiene que acompañar.

En vacaciones también cambia el formato. El café en grano queda reservado para los muy fanáticos (los que viajan con molinillo, sí, los conozco). El molido aparece en casas alquiladas. Y las cápsulas ganan terreno por practicidad, limpieza y previsibilidad. No se trata de una discusión ideológica, sino de una logística vacacional práctica y posible. Lo interesante es entender que el formato no define la experiencia por sí solo. Lo que importa es si ese café está pensado para el momento. En verano, la simpleza suele ganar.

Hay algo que me gusta mucho observar cuando viajo: el café como souvenir invisible. No siempre traemos granos en la valija, pero traemos el recuerdo. El cold brew en una playa, el espresso rápido antes de un tren, en el aeropuerto de una máquina de cápsulas, el affogato compartido después de cenar. A veces intentamos replicarlo en casa. Casi nunca sale igual. Y está bien. Porque cómo percibimos el café, al igual que cualquier experiencia gastronómica, depende muchas veces del contexto: el lugar, las personas con las que compartimos, el tiempo. 

El primer café al volver de vacaciones siempre dice algo. Volvemos a nuestra taza, a nuestro método, a nuestro ritmo. Y recién ahí entendemos cuánto había cambiado el ritual durante el viaje. Viajar desarma. El café ayuda a rearmar.

Tal vez por eso me sigue fascinando cómo se toma café cuando viajamos. Porque en esa taza hay más información de la que parece: cultura, clima, costumbre, identidad. Y un poco de nosotros mismos, tratando de ubicarnos en un lugar nuevo. Sorbo a sorbo.

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