Por Alicia Sisteró
La Guía Michelin puso la lupa sobre el mundo del vino y anunció la creación de las Uvas Michelin, una distinción que premia a bodegas y viñedos de excelencia en todo el mundo. El anuncio entusiasma, genera expectativas y abre preguntas inevitables. ¿Qué se va a evaluar? ¿Con qué criterios? ¿Y qué lugar ocupa Mendoza —una de las capitales mundiales del vino— en este nuevo mapa global que Michelin comienza a trazar?
Durante décadas, la palabra Michelin estuvo asociada en el mundo casi exclusivamente a restaurantes y hoteles, además de neumáticos. A mesas memorables, a viajes planeados alrededor de una estrella, a emociones intensas —para bien y para mal— dentro del mundo gastronómico. El vino, claro, siempre estuvo ahí: acompañando, elevando, completando la experiencia. Pero no era el centro. No tenía un sistema propio de lectura dentro del universo Michelin. Eso cambió.
Con la creación de las Uvas Michelin, la guía da un paso decisivo hacia el mundo del vino. No como un gesto simbólico ni como una ampliación decorativa de su alcance, sino con una estructura clara, una jerarquía definida y una metodología que, al menos en el discurso, busca replicar los valores que la hicieron influyente en la gastronomía: excelencia, independencia y consistencia.

Conviene decirlo desde el inicio: no se trata de premiar una botella puntual ni una gran cosecha aislada. Las Uvas Michelin miran proyectos, no solo etiquetas. Proyectos vitivinícolas sostenidos en el tiempo, con decisiones coherentes, con una forma de trabajar reconocible y, sobre todo, con personas detrás del vino. La guía insiste en evaluar el recorrido completo: el viñedo, la técnica, la identidad, el equilibrio y la capacidad de sostener calidad a lo largo de distintas añadas, incluso en los años difíciles.
Hay algo profundamente tradicional en esta mirada. Conservadora, incluso. Michelin no parece interesada en seguir modas ni en consagrar fenómenos pasajeros. Valora la constancia, el oficio, la repetición bien hecha. En un contexto global donde el vino muchas veces se comunica desde el impacto inmediato o el relato inflado, esta postura resulta, cuanto menos, coherente con su historia.
El sistema de distinción —Una, Dos o Tres Uvas Michelin, más una categoría de productores recomendados— replica una lógica conocida. Tres Uvas distinguen a productores excepcionales, en los que se puede confiar más allá de la añada. Dos Uvas reconocen excelencia sostenida dentro de una región. Una Uva señala carácter, identidad y estilo, especialmente en los mejores años. Los recomendados funcionan como una base sólida, fiable, evaluada periódicamente.
Dicho sin rodeos: Michelin vuelve a ordenar el mapa. Y cuando Michelin ordena, el impacto no es menor. Genera expectativa, reacomoda jerarquías y, también, abre discusiones incómodas.
La metodología se apoya en cinco criterios: calidad de la agronomía, dominio técnico, identidad, equilibrio y consistencia. No hay grandes sorpresas, pero sí un énfasis claro. La agronomía aparece como punto de partida, recordándonos algo esencial que a veces se pierde en el discurso: sin viñedo sano, no hay gran vino. El dominio técnico apunta a vinos precisos, sin defectos, donde la técnica esté al servicio del lugar y no al revés.

La identidad es, quizás, el criterio más complejo y también el más discutible. ¿Qué significa identidad hoy, en un mundo globalizado, con estilos que se cruzan y se influyen mutuamente? Michelin habla de terruño, de cultura y de la personalidad del productor, atributos que en regiones como Mendoza tienen un peso histórico y una construcción reconocible. Conceptos valiosos, pero no siempre fáciles de consensuar ni de medir. Equilibrio y consistencia completan el cuadro. Y acá la guía vuelve a ser fiel a sí misma: no alcanza con brillar una vez. Hay que sostenerse en el tiempo.
Las primeras Uvas Michelin se anunciarán en 2026 y el punto de partida será Borgoña y Burdeos. Dos regiones fundacionales del vino francés, dos modelos distintos y complementarios, dos territorios que Michelin conoce en profundidad. La elección es conservadora, sí. Pero también lógica. Antes de expandirse, la guía necesita mostrar cómo funciona el sistema en regiones donde el consenso histórico es fuerte. Después vendrán las comparaciones. Y ahí empezará la verdadera discusión.Inevitablemente, aparece Mendoza.
Para quienes vivimos, trabajamos y pensamos el vino desde acá, la pregunta surge sola. Si Mendoza es una de las capitales del vino del mundo, ¿quiénes deberían ser las primeras bodegas reconocidas cuando —y si— las Uvas Michelin llegan a la Argentina?
La tentación de tirar nombres es grande. No sería extraño que aparezcan proyectos ya consagrados en rankings internacionales o en listas como The World’s 50 Best Vineyards. Esos nombres existen, circulan y tienen visibilidad global. Pero conviene entender de qué hablamos cuando comparamos sistemas.
A diferencia de Michelin, 50 Best no evalúa el proyecto vitivinícola desde una mirada técnica o productiva ni aplica criterios fijos vinculados a la agronomía o a la consistencia enológica. Su foco está puesto explícitamente en la experiencia del visitante: recorridos, degustaciones, hospitalidad, arquitectura, gastronomía, paisaje, accesibilidad y atmósfera general. El propio ranking aclara que el término “vineyard” no remite necesariamente al viñedo en sentido agrícola, sino a bodegas abiertas al público que ofrezcan una experiencia integral. El listado surge del voto de 720 expertos en turismo del vino y viajes, sin checklist predeterminado, y funciona como una herramienta de promoción turística y estímulo económico para las regiones. No sorprende, entonces, que bajo esos criterios hayan sido reconocidas como las mejores del mundo bodegas mendocinas como Catena Zapata o Zuccardi Valle de Uco, proyectos que combinan vinos de altísimo nivel con una narrativa potente, arquitectura icónica y una experiencia de visita cuidadosamente diseñada.
El sistema Michelin propone otra lógica: más conservadora, más cerrada y menos orientada al turismo, donde el foco no está en cómo se vive la bodega, sino en cómo se sostiene un proyecto vitivinícola a lo largo del tiempo. No son modelos opuestos, pero sí responden a preguntas distintas. Y entender esa diferencia es clave para no confundir expectativas.
Hay además una experiencia personal que no puedo dejar afuera de esta reflexión. Cuando se anunció oficialmente la llegada de las estrellas Michelin a la Argentina, durante la conferencia de prensa hice una pregunta concreta: si había tenido algún peso, a la hora de elegir Mendoza como ciudad a evaluar, el hecho de que fuera una de las capitales del vino del mundo. La respuesta fue clara y honesta. Desde la comunicación de la marca explicaron que no. Que Michelin ya sabía —y reconocía— que Mendoza es un territorio excepcional, con vinos de clase mundial y bodegas premiadas internacionalmente. Pero que eso, en sí mismo, no fue un motivo determinante para decidir evaluar sus restaurantes.
Ese intercambio me quedó grabado porque confirma algo que a veces preferimos no escuchar: para Michelin, cada universo se analiza con sus propias reglas. El vino no arrastra a la gastronomía. Y la gastronomía no garantiza premios en el vino. Son sistemas distintos, con metodologías distintas y lógicas propias, aun cuando la propia guía reconoce que, en la práctica, los restaurantes que toman en serio su cocina suelen hacerlo también con su carta de vinos, entendiendo que ambas dimensiones dialogan y se potencian, pero no se evalúan como una sola cosa.
Lo traigo ahora a colación porque creo que es clave para entender lo que puede —y lo que no— pasar con las futuras Uvas Michelin. Que Mendoza sea una potencia vitivinícola no asegura automáticamente nada. Ni premios, ni prioridades, ni desembarcos inmediatos.
En ese marco, la presidente del Ente Mendoza Turismo, Gabriela Testa, señaló que las Uvas Michelin —que se suman a las estrellas para restaurantes y a las llaves para alojamientos, categoría en la que Mendoza ya cuenta con seis hoteles reconocidos— se aplicarán en una primera etapa en Francia y podrían luego expandirse a ciudades donde la guía ya tiene presencia y oferta vitivinícola, por lo que la provincia se mantiene atenta ante la oportunidad que este nuevo reconocimiento podría representar para sus bodegas y para el desarrollo del enoturismo.
Y hay otro punto que no se puede esquivar. Como ocurrió con las estrellas para restaurantes, evaluar una región implica inspectores, logística, presupuesto y tiempo. Eso suele requerir acuerdos institucionales y económicos, generalmente con gobiernos o entidades de promoción turística. Hoy todavía hay información oficial sobre un convenio para Mendoza, para Argentina o para Latinoamérica en relación con las Uvas Michelin.
Tal vez, entonces, la postura más honesta —y más coherente con la filosofía Michelin— sea esta: esperar. Esperar la primera premiación. Ver a quiénes eligen. Cómo argumentan. Qué regiones priorizan. Qué tipo de proyectos destacan. Recién después, comparar. Con rankings existentes, con premios previos, con nuestras propias percepciones. Y ahí sí, abrir el debate con datos, no con suposiciones. Porque si algo nos enseñaron las Estrellas Michelin en gastronomía es que estos sistemas generan ilusión, orgullo, frustración y discusiones intensas. Con las Uvas Michelin va a pasar exactamente lo mismo. Y Mendoza, cuando llegue su turno, será —sin dudas— un caso de estudio fascinante.
