Más que preguntarnos por qué en Argentina consumimos cerca de 11 kilos de galletitas por persona al año, quizás deberíamos preguntarnos qué transformaciones culturales, económicas y familiares tuvieron que ocurrir para que un producto industrializado ocupara un lugar tan importante en nuestra alimentación cotidiana. Te invito a leer mi reflexión y dejarme tu opinión.
Por Alicia Sisteró
Me llegó la noticia de que Argentina consume cerca de 11 kilos de galletitas por habitante al año. El dato nos ubica entre los mayores consumidores del mundo y, lejos de parecerme una simple curiosidad estadística, me llevó a reflexionar sobre algo bastante más profundo.
Porque cuando un alimento alcanza semejante presencia en la vida cotidiana de una sociedad, deja de ser solamente un producto. Se transforma en una señal. Un indicio de cómo vivimos, de cómo organizamos nuestros días y de la relación que construimos con la comida.
Las galletitas forman parte de la cultura alimentaria argentina desde hace décadas. Estuvieron en nuestras infancias, acompañaron meriendas familiares, recreos escolares, viajes y rondas de mate. No tengo nada contra ellas. El problema no son las galletitas.
La pregunta que me interesa es otra.
¿Qué tuvo que pasar para que un producto industrializado llegara a ocupar un lugar tan importante en nuestra alimentación cotidiana?
Creo que la respuesta tiene poco que ver con las galletitas y mucho que ver con nosotros.
Durante los últimos años hemos atravesado crisis económicas recurrentes, inflación, pérdida de poder adquisitivo y una creciente sensación de incertidumbre. Al mismo tiempo, nuestras jornadas se volvieron más largas, los traslados consumen tiempo valioso y cocinar dejó de ser una práctica cotidiana para muchas familias. En ese contexto, los alimentos prácticos ganan terreno porque resuelven necesidades concretas.
La practicidad tiene un enorme valor cuando el tiempo escasea.
Sin embargo, resolver el hambre y alimentarse bien no siempre son la misma cosa.
Muchas veces hablamos de alimentación saludable como si se tratara exclusivamente de nutrientes, calorías o recomendaciones médicas. Pero la realidad es bastante más compleja. Las personas no eligen lo que comen únicamente por razones nutricionales. También intervienen el presupuesto disponible, el tiempo, los conocimientos culinarios, las costumbres familiares, las emociones e incluso el cansancio.
Por eso me resulta tan injusto responsabilizar individualmente a quienes no logran alimentarse de la manera que les gustaría.
La mayoría de las personas no se levanta por la mañana pensando cómo empeorar su dieta. Lo que intenta es atravesar el día de la mejor manera posible dentro de las condiciones que le tocaron.
Y ahí es donde aparece una cuestión que me preocupa especialmente.
Durante años hemos discutido mucho sobre gastronomía, tendencias, dietas y productos, pero hablamos poco de cultura alimentaria. Hablamos poco de las habilidades que una sociedad necesita para alimentarse bien. Hablamos poco de cocina cotidiana.
Pienso que alimentarse mejor no depende solamente de saber qué alimentos son más saludables. También depende de saber qué hacer con ellos.
Hace apenas algunas generaciones, preparar una olla de lentejas, una sopa, una tortilla o un pan sencillo formaba parte del conocimiento básico de la mayoría de los hogares. No porque las personas fueran expertas en nutrición, sino porque cocinar era una actividad habitual. Desde hace unas décadas, en cambio, muchas familias dependen cada vez más de productos listos para consumir, y eso no siempre ocurre por elección sino por necesidad.
Cuando se pierde la costumbre de cocinar también se pierde algo de autonomía. Se pierde la capacidad de transformar ingredientes simples en comida. Se pierde la posibilidad de aprovechar mejor el presupuesto. Y se pierde, en cierta medida, el vínculo con aquello que comemos.
Otro aspecto que merece reflexión es la idea instalada de que alimentarse bien resulta necesariamente más caro.
Por supuesto que existen productos saludables que tienen precios elevados. Sin embargo, buena parte de los alimentos más recomendados por nutricionistas y especialistas siguen siendo relativamente accesibles: legumbres, huevos, avena, frutas y verduras de estación, arroz, polenta o yogur natural. Lo que suele faltar no siempre es dinero. Muchas veces faltan tiempo, organización y conocimientos para incorporarlos con regularidad a la mesa familiar.
Por eso creo que la solución no pasa por demonizar las galletitas ni por convertir la alimentación en una sucesión de prohibiciones.
Tampoco pasa por la culpa. La culpa rara vez mejora los hábitos. Lo que necesitamos es recuperar herramientas: enseñar a cocinar, hablar de alimentación en las escuelas, transmitir recetas sencillas y económicas, y ayudar a que las personas descubran que una alimentación de mejor calidad no depende necesariamente de ingredientes sofisticados ni de presupuestos extraordinarios.

Y quizás también necesitemos volver a valorar el tiempo dedicado a la comida. No porque cocinar sea una obligación moral ni porque haya que idealizar el pasado, sino porque la cocina sigue siendo una de las formas más eficaces de cuidar nuestra salud, administrar mejor nuestros recursos y fortalecer los vínculos familiares.
La noticia dice que somos campeones mundiales en consumo de galletitas. A mí me interesa otra pregunta.
Me interesa saber si estamos formando nuevas generaciones capaces de elegir, cocinar y comprender lo que comen.
El futuro de nuestra alimentación se juega en las decisiones cotidianas que tomamos en nuestras casas, en las habilidades que transmitimos y en el valor que estamos dispuestos a darle a algo tan básico y tan importante como la comida.
No sé si algún día dejaremos de estar entre los mayores consumidores de galletitas del mundo. Tampoco estoy segura de que esa sea la meta. Lo que sí me gustaría es que recuperáramos la curiosidad por saber qué estamos comiendo y por qué lo estamos comiendo. Que volviéramos a hablar más de alimentos que de productos, más de cocina que de envases y más de hábitos que de dietas. Porque cuando entendemos que alimentarnos es mucho más que saciar el hambre, empezamos a tomar decisiones que pueden mejorar nuestra salud, pero también nuestra calidad de vida.
Fuentes: Datos de consumo de galletitas en Argentina publicados por Pilares Compañía Alimenticia S.A. y Gaona. Para la reflexión sobre hábitos Y libro Cómo comemos. Claves para una alimentación equilibrada y sostenible, de Bee Wilson (Turner Noema).
